Dar un salto de gigante

Y hay momentos en los que tienes que dar el salto. ¿Te asusta? ¡Por supuesto! Existen dos clases de personas: las que saltan sin mirar y las que miran y miran… y nunca se lanzan. Entre el arrojo y el no atreverse siempre está la sana prudencia. El prudente siempre mide bien sus pasos.

En el CENÁCULO del pasado viernes 8 de noviembre, pudimos descubrir que seguir a Jesús es cuestión de “dar un salto” de gigante en la vida; es apostar por Alguien que nunca nos va a dejar solos, lanzarse ante quien merece la pena arriesgar lo todo.

Abraham tuvo que salir de su tierra sin saber adónde iba. Lo hizo por la fe, dio un salto hacia adelante y confió en quien le llamaba. La samaritana también tuvo que dar el salto, vencer las habladurías que decían que no podía hablar, por ser samaritana, con un extranjero, (Jesús) que cambiaría toda su vida.

Dar el salto por Jesús es de valientes, de enamorados, de quien quiere correr riesgos, de quien confía en Dios y en los demás, de quien se atreve a superar retos.

¡Geniales! ¡Dar un gran salto de altura hacia Dios! ¡Dar un gran salto se longitud para acercarnos a los demás!