“El que no trabaja, que no coma”

El evangelio de ayer, domingo XXXIII del tiempo ordinario, recogía parte de lo que se conoce como discursos sobre el fin del mundo, característicos de los últimos domingos del año litúrgico. Escuchábamos frases como: Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá enseguida… Antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.

Parece que la comunidad cristiana de Tesalónica, había sacado una conclusión errónea al escuchar este evangelio: es inútil trabajar, porque todo está a punto de terminarse; mejor vivir del cuento sin asumir compromisos y cargando sobre los demás la responsabilidad de alimentarme, sostenerme…

Todo eso nos puede sonar: hoy también está en boga esa mentalidad del mínimo esfuerzo, de exigir de los demás todo sin dar nosotros nada a cambio… no como conclusión de este evangelio pero sí como un estilo de vida. Lo que responde san Pablo vale los cristianos de Tesalónica como para nuestros “ninis” y quienes se ven afectados por esa mentalidad: Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma… Nos hemos enterado de que hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A estos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan.

Es una gran novedad. La cultura grecorromana despreciaba el trabajo manual; lo consideraban degradante para la persona, propio de esclavos e incultos. Por eso san Pablo apela a la tradición bíblica para desmontar ese entuerto: Dios que trabaja durante seis días y descansa uno solo, el séptimo. El trabajo forma parte de la naturaleza originaria del hombre, no es castigo ni degradación. El trabajo manual es tan digno como el intelectual y espiritual. Jesús mismo dedica una veintena de años al primero (suponiendo que haya empezado a trabajar hacia los trece años) y sólo tres años al segundo.

Todo esto nos debe llevar a reflexionar sobre el trabajo, que tiene un valor infinito para el hombre: es la participación en la obra creadora y redentora de Dios, y servicio a los hermanos.

En la Eucaristía lo entendimos a las mis maravillas: “no cansarnos de hacer el bien sin mirar a quién es la mejor forma de esperar la llegada del Reino de Dios”.

Perseverar es poner amor en lo que hacemos. Vigilar es lanzarse hacia lo que está por delante.

¡Ánimo! 😊 ¡Vuestro trabajo es muy valioso! Hazlo bello con tu propia vida.