Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la Luz!

En los relatos de Resurrección aparecen exclamaciones. ¡Es verdad! También se cantan himnos al Resucitado. Y el himno canta lo que las palabras son incapaces de expresar. Y se condensa la fe en un credo sencillo: “Si profesas con tus labios que Jesús es el Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rm 10, 9).

Debajo de la corteza de estos viejos textos, debemos escuchar el gozo y la admiración de una Comunidad que ha quedado asombrada por este acontecimiento y ha vibrado de emoción y de entusiasmo. Ciertamente, esta Pascua tiene algo diferente. La alegría sigue siendo vibrante, pero la imposibilidad de poderla poner en común hace que sea más frágil.

En nuestra Parroquia celebrábamos ese día con mucha intensidad. Muchos hogares fueron auténticos templos donde se revivieron los momentos de la Resurrección, donde se renovaron las promesas del bautismo.

Don Diego nos explicó la experiencia que sintieron los apóstoles con un folio en blanco, que por más que lo arrugues o estrujes, siempre queda la marca y el sello de algo vivido. La Resurrección es esa marca de que todo lo anterior, en la vida de Jesús, era verdad.

¡Enciende una luz y déjala brillar! Es la luz de Jesús; que brille en todo lugar.