En mi casa hay un sitio para Ti

El evangelista San Lucas habla de dos discípulos de Emaús, pero cuántos discípulos de Emaús han existido a lo largo de la historia: los caminantes en soledad por las múltiples calzadas de la vida, los pensadores aislados que rumian ilusiones perdidas. Los pesimistas miopes ante los acontecimientos que configuran el misterio de la existencia. Los discípulos de Emaús, de quienes hablaba el evangelio del tercer domingo de Pascua, están tristes porque creían muerto a Cristo.

Es un misterio que Dios camine al lado del hombre, sin darse a conocer de entrada. No deja de ser sorprendente que Cristo esté cerca de cada uno en el mismo momento en que se deplora su ausencia. Jesús va de camino con todos.

La conversación del camino a Emaús se concluye con una invitación a compartir la mesa del atardecer. El compañero todavía desconocido, que había impresionado a los dos discípulos por la autoridad y conocimiento con que hablaba de las Escrituras, bendijo, partió y dio el pan. La Palabra se hizo comida, sacramento, y el amigo hasta entonces visible se hace invisible desde este momento.

Este domingo quisimos reservar a Jesús un sitio en nuestra casa, como amigo invisible que sigue cuidándonos, como amigo que sigue caminando a nuestro lado. Aquellos discípulos lo reconocieron, se dieron cuenta de que era Él… ¿Y nosotros? ¿Nos damos cuenta de lo cerca que está de nosotros?

“Reservado para Ti, Jesús”