Siempre es posible la esperanza

Al ir terminando este ciclo litúrgico que hemos recorrido con la pluma de San Marcos (dentro de dos domingos comenzaremos el Adviento), la Iglesia ha querido que reflexionemos sobre la caducidad de todo, sobre el final del tiempo, de la historia, de la vida personal.

Nada (salvo Dios, claro) es «para siempre»: cielo y tierra pasarán. Y nosotros también pasaremos. Vivimos como si la muerte sólo les pasara a otros. Pero es importante ser conscientes de nuestra caducidad… porque eso supone una responsabilidad y cambia nuestra forma de valorar la vida.

Para los hombres y mujeres sin fe esto supone un tormento, una desolación, una angustia. Pero si ponemos por bandera la esperanza todo cambia. Jesús quiere que no despertemos. Nos ofrece siempre un horizonte de esperanza para no desfallecer. Es cierto que el (negro) mal llega, pero también brota la (verde) esperanza del Reino.